Espíritu libre de Paquita Romano


Paquita Romano era diseñadora de ropa, después de dedicarse durante unos años a la decoración, le dio un giro a su carrera centrándose en la jardinería y las obras alternativas hechas con materiales reciclados. “La flor azul” es el nombre con el que bautizó a su casa en Maschwitz, donde la naturaleza y la decoración salen a nuestro encuentro.


Donde había una escuela Waldorf, Paquita Romano y su marido Bobby Rastalsky tiraron abajo paredes, abrieron nuevas ventanas y sumaron muchas –¡muchísimas!- plantas, y dejaron al descubierto el alma de esta casa: abierta, luminosa y algo salvaje, en el corazón de Mashwitz, provincia de Buenos Aires.


 

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La puerta de entrada es bella. De hierro verde, tiene una reja de ascensor que la familia cierra sólo por las noches.


Hace ya 15 años que viven acá y los enamoró el contacto permanente con el verde, la posibilidad de modificaciones que les daba el espacio y el encanto de armar una casa que respetara sus gustos. El resultado es “La flor azul”, donde viven con los dos chicos que tienen en común: Thomas (11) y Milo (10) y un adolescente, hijo que Paquita tuvo con una pareja anterior.


 

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Paquita junto a Thomas y Milo


“Vivís con la sensación de estar de vacaciones”, asegura Paquita, quien primero fue diseñadora de indumentaria. Luego, la sedujo la decoración. Puso un multiespacio en Maschwitz, Die Ecke, montado en un antiguo ramos generales. Hoy lo que apasiona es la jardinería. “Tengo un vivero en casa. Y ahora hago de todo. Menos ropa, que abandoné porque me harté”, confiesa. Ya no viste gente, ahora viste casas y las llena de verde. Lo que más le gusta es hacer “obras alternativas”. Uno de los hits fue el Mercado de Villa la Angostura, que montó a partir de materiales reciclados.


 

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Espíritu libre

“La casa está decorada. Pero no está planeada. Se fue haciendo, se va haciendo. Permanentemente se metamorfosea”, dice la dueña de La flor azul. Tanto cambio tiene una razón: Paquita y Bobby trabajan en demoliciones. Además, los dos tienen debilidad por los pequeños objetos con historia y con gracia. Disfrutan yendo a mercados y anticuarios, y a veces se encaprichan con cosas. “Nos encanta la casa llena de todo lo que nos gusta, y tenerlo a la vista –apunta Paquita. Lo que pasa es que cada uno pone lo que le pintó y a veces la casa se llena de cosas”.


 

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La cocina es todo un exponente de la casa: está todo a la vista, a mano y prevalece la mezcla de lo vintage con algunos elementos modernos.


En una demolición apareció una escalera antigua e hicieron modificaciones para poder sumarla. Un día Bobby compró una canilla insólita –un pato con cola de pez- que ahora es protagonista del baño principal. “Es un mix de elementos que quedan bien juntos -explica Paquita-. Y la casa crece a media de lo que va surgiendo. Es un divague, la gente viene de un mes a otro y la encuentra siempre diferente”.


 

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En el living, una cama antigua funciona como sillón. Ahí, Thomas y Milo pasan las tardes jugando.


Arte, arte, arte

Si a algo no le tiene miedo Paquita como decoradora es a romper las barreras estéticas. “Soy relajada en el quilombo. Mi mamá me torturó de chica para que fuese ordenada. Ahora me relajé. Salvo que venga gente, esta casa siempre es un desorden con juguetes tirados y dibujos de los chicos distribuidos en todos los espacios”, confiesa.


 

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Otro rasgo característico de la decoración de esta casa son los dibujos y esculturas de uno de los chicos del hogar: Thomas. “Le encanta dibujar. A veces hace series y las pega donde le gusta. Un día encontré mi dormitorio lleno de sus obras. Respeto que ponga los dibujos donde quiera”, detalla Paquita, orgullosa del costado artístico que despliega su hijo.

Por eso, el escritorio de la casa es mitad de Paquita y mitad de Thomas. El chico se pasa las tardes con sus pinceles y témperas. Parte de su talento lo vuelca, también, en unos muñecos pokemones que hace con plastilina y un nivel de detalle asombroso.


 

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El jardín es una pequeña selva. Paquita planta y planta con devoción, aunque ya no le quede ni un rincón libre de tierra.


Explosión de verde

Que la naturaleza invadiera todo. Esa fue la premisa de Paquita en cuanto compró la casa. Al entrar por su puerta de hierro verde lo último que se siente es que uno está en Buenos Aires. Los aromas de las flores y las plantas transportan.


 

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El espacio preferido de la casa de la decoradora es el vivero, que parece una mini casa. Ahí Paquita se pasa horas (muchas) haciendo trasplantes, sembrando semillas y regando.


“Mi jardín tiene tanta información que te asombra. Yo crio plantas y pongo todas las que me gustan. Es como una selva. No tengo más lugar para plantar, igual planto. El resultado no sé si es lo correcto a nivel estético”, admite risueña. Y agrega: “En lugar de camino recto, hice uno en en diagonal. Muchas cosas están dadas vuelta en esta casa. Todo lo que no hay que hacer es lo que la hace linda”.


Por: Ana Pere Vignau – Fotos: Victoria Schiopetto

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