Guía para papás de Adrián Dall’Asta


“La diversión asociada al alcohol”, ese es el principal problema hoy entre los jóvenes, asegura Adrián Dall’Asta, director General de Desarrollo Familiar de la Vicejefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El experto admite que no hay recetas mágicas, pero ofrece una serie de recomendaciones para que tener un hijo adolescente no signifique encontrarse con un conflicto garantizado.


 

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Que los hijos empiecen a volar solos asusta. Para muchos padres, se convirtió en una situación compleja gestionar las demandas de los adolescentes. ¿Qué podemos hacer para controlar que nuestro hijo no tome alcohol y que no sufra ningún percance? ¿Cómo hablarlo? ¿A partir de qué edad? Las normas salen de cada familia y no hay un estándar, porque ninguna familia es igual. Pero siempre son bienvenidos algunos consejos de un experto.

Adrián Dall’Asta es director General de Desarrollo Familiar de la Vicejefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y, desde hace 15 años, analiza los vínculos entre padres e hijos. “No queremos confrontar ni discutir con los pibes. No queremos conflicto. Queremos que los chicos hagan una cosa, pero hacemos otra. Es una educación semiesquizoide la que predomina hoy”, reflexiona este licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales, y orientador familiar.

“No hay recetas únicas o respuestas mágicas —admite Dall’Asta—. Tampoco tener un hijo adolescente implica encontrarse con un conflicto garantizado. Lo fundamental es mostrar una actitud tranquila, pero determinante. Conviene pasarles la responsabilidad de que confiamos en que sean capaces de seguir nuestras indicaciones y también conviene, por supuesto, predicar con el ejemplo.” Por otro lado, Dall’Asta advierte que todo esto hay que construirlo desde que son pequeños: “Educar a estas edades tiene mucho que ver con expresar nuestras referencias y trasladarles aquello de que la decisión la van a tomar ellos”.


 

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—¿Por qué hoy más que nunca el alcohol es un problema en la adolescencia?

—El alcohol hoy es el eje en la Argentina, el tema que más preocupa. Pero el problema de las sustancias no es el problema. El problema son las personas, el consumo siempre está atado a las decisiones personales. Lo interesante no es ahondar en la problemática de la sustancia, sino en por qué los jóvenes y los niños de nuestro país están eligiendo sustancias. Los consumos están asociados a la diversión, independientemente de la clase social de la que hablemos.

 —¿Cuándo es conveniente empezar a hablar con los hijos?

—En el caso de niños pequeños, no hay que tener miedo de prevenir. Es necesario mirar con anticipación. No significa hablar de alcohol, pero sí ver cómo nos manejamos con el tema de los límites, los acuerdos. El entrenamiento es importante. Todo viene de la mano de una cronología. No hay fórmulas, pero sí un trabajo previo que uno puede realizar.

—¿Qué pueden hacer los padres de chicos pequeños a modo de prevención?

—Hay que trabajar desde muy chiquitos con los hábitos saludables y reforzar que eso no es un signo de ser una persona aburrida, que entiendan que la diversión es otra cosa.


 

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—¿Por qué los adolescentes hoy no conciben diversión sin consumo de alcohol y sustancias?

—Esa es la pregunta difícil de contestar. Hay como una especie de imperativo cultural obligatorio, que dice: “Sin alcohol, no hay diversión”. Para los chicos, la puerta de acceso al consumo es el alcohol y los padres, los adultos en general y los colegios tenemos que asumir que esta puerta está abierta.

—¿A qué edad arranca la famosa “previa”?

—A los 13. La motivación es divertirse y ese es el problema. Pero, ¿de qué diversión hablamos? La diversión asociada a la desinhibición, que apunta a lo sexual, a entablar relaciones con otros. El alcohol es un desinhibidor del sistema nervioso central, abre la canilla de la sexualidad. A la vez, es un depresor de la función. Se produce una cosa medio rara: a más desinhibición, menos funcionamiento.

—¿Cómo desarticular esto de que la diversión esté asociada al alcohol?

—Tenemos un problema cultural serio. Son 30 años de promoción del marketing del alcohol como un mediador exitoso de la realidad. En las publicidades, a los que toman alcohol les pasan cosas buenas siempre: se ganan las mejores chicas y son los más piolas de la fiesta, los amigos, los que están cerca del otro. Ahora, hay que hacerse cargo de esa historia.

—¿De qué manera hablamos con nuestros hijos adolescentes del tema sin que nos rechacen?

—Nunca debemos arrancar diciéndoles: “Esto está mal”. Eso condiciona el diálogo y, cuando condiciono, es porque no estoy escuchando. Una buena estrategia pasa por preguntar: “Contame”, “¿qué me querés decir?”. Darle al otro la posibilidad de que se vaya soltando. Porque no es fácil decirles a tus papás: “Me mandé a una macana”. Y siempre terminar el diálogo con un: “¿Hay algo que no me dijiste, que te deja preocupado, que me quieras decir? Confiá en mí, yo te escucho”. A los chicos, frente a los temas serios, hay que tratarlos con seriedad. Tal vez, van a confrontar, a estar en desacuerdo, pero al generar un diálogo cada uno tiene lugar para expresarse y, en última instancia, veremos cómo sigue. La confrontación despierta en el otro que busque argumentos, piense. Es importante no hacer promesas o generar amenazas que no vayamos a poder cumplir. Tampoco decir cosas de las que nos vayamos a arrepentir. Siempre tratar de decir eso que vamos a poder sostener. Lo único que hace creíble lo que les decimos a nuestros hijos es que sea algo en lo que realmente creemos y podemos sostener.


 

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Consejos de experto

Si logramos una relación de comunicación y confianza con un hijo adolescente, no tenemos garantías de que vaya a hacer lo que le indicamos, pero, desde luego, nos tendrá en cuenta, sobre todo, si tenemos una potente relación afectiva con ellos. Adrián Dall’Asta destaca que las normas hay que definirlas antes de encontrarnos con la situación problemática y ofrece una serie de reflexiones para tener en cuenta.

✓ Los primeros responsables del orden de nuestros hijos somos los padres a través de nuestro propio testimonio. A veces, hablamos demasiado. Tenemos que hacer más. Si mi papá, cuando vuelve del trabajo, tiene una cara que se la patea, pero cuando va a un casamiento, se toma unas copas, baila, hace trencito… ¿A quién te querés parecer más?, ¿al padre canchero que va a una fiesta, se toma unos tragos y se mata de risa, o al que viene todos los días diciendo que el laburo es una porquería y, en realidad, quería hacer otra cosa? El modelo adulto es muy contradictorio; promueve un valor que no vive. El impacto de nuestros valores está asociado a nuestra vida. Eso va a lograr que lo que les digo a mis hijos me lo creo yo y ellos también lo crean. Esa es la herramienta más eficaz de prevención.

✓ Hablar claro, concreto y conciso sobre la realidad del consumo. Un padre tiene que saber muy bien lo que es una “previa”, el impacto que tiene el alcohol en sangre, qué es un coma alcohólico, cómo atender un coma alcohólico y ayudar a su hijo para que sepa responder frente a una situación de coma alcohólico sin asustarse. Chequear si nuestros hijos tienen el número de urgencias de la obra social en el celular. Ante un coma alcohólico, tienen que llamar a un adulto y a una ambulancia. Nada más. Hablar con naturalidad sobre qué hacer frente a una circunstancia.

✓ Tenemos que generar marcos de confianza, para que acudan a nosotros. Cuando tengan un problema, tienen que poder hablar con sus papás. Pero sin ningún pacto. Un adolescente te va a decir: “Voy, pero si no me retás”. Uno tiene que responder: “Olvidate, eso na va a suceder. Te voy a cuidar, bancar y proteger, pero si te mandaste una macana, yo también te voy a castigar”. El amor viene de la mano del límite. Si no, es un amor negociado.

✓ Ese testimonio que damos individualmente a nuestro hijo después se debe trasladar a lo grupal. Los padres se tienen que juntar y hablar de esto: “Si hay un coma alcohólico en un living, ¿ustedes saben qué hacer?”. Hablar a corazón abierto. Que tu testimonio personal se transforme en un testimonio público. Incluso con papás de nenes chicos, conviene que los padres se junten por este tema, y puedan decir: “En diez años, nuestros hijos van a estar en circunstancias indeseadas por nosotros, ¿qué podemos hacer hoy?”.


 

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La fuerza de la familia

“Creemos que la familia se debe involucrar para la transformación social”, subraya Adrián Dall’Asta. Y aclara: “El Estado mira a la familia como un eje estratégico del desarrollo. Toma al individuo dentro de un grupo, que es con el que convive, le da las primeras herramientas, lo reconoce, lo hace sentirse persona. A ese grupo lo llamamos familia, independientemente de cómo esté constituido”. Por eso, la Vicejefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires creó la Dirección General de Desarrollo Familiar. La orientación es uno de los servicios que brinda este espacio. Lo que se busca es afianzar las fortalezas de cada familia, para que, a través de objetivos concretos, enfrenten todos juntos las dificultades que puedan estar atravesando. El orientador ayuda a mejorar los vínculos, la comunicación y la organización interna de la familia, acompaña ante las dificultades, previene conflictos cotidianos, da consejos en el desafío de educar a los hijos y contiene revalorizando el diálogo. Para consultas: dgdesarrollofamiliar@buenosaires.gob.ar. En FB: /BAFamiliar


Por Ana Pere Vignau – Fotos: Victoria Schiopetto

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