Pequeños grandes mundos


¿Quién dijo que los artistas viven en una burbuja? Ivanke y Mey son dos ilustradores y maestros. Desde hace tres años están de gira por el mundo para conocer a chicos y chicas de lugares remotos a los que tocan con su varita mágica hecha de lápiz, papel y tijera.


 

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¿Cuántos colores se necesitan para trazar una ruta que hilvane 32 países del mundo? La paleta y el mapa guían a Ivanke (Iván Kerner) y Mey Clerici, artistas plásticos, diseñadores y maestros de Buenos Aires. Sacan su arcoíris de la mochila en escuelas rurales (muy remotas), bibliotecas, orfanatos, centros de refugiados, ludotecas, hospitales de diferentes rincones de América, Asia, África y Europa. Chicas y chicos los esperan para marcarles punto y aparte a las fronteras, y poner manos a la obra. También se instalan en plazas; Ivanke es capaz de salir megáfono en mano por las callecitas de un pueblo caído del mapa, y vocear: “¡Hola, buenos días! Invitamos a todos los que quieran venir a pintar y dibujar, estamos haciendo un taller aquí en la calle”.

Estas acciones nómades, inolvidables, libres y gratuitas son dictadas gracias al Programa Pequeños Grandes Mundos, declarado de interés por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto; el Ministerio de Cultura; el de Educación, y la Organización de Estados Iberoamericanos.


 

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* * * Desde que salieron de casa, ya hicieron encuentros en Santiago del Estero, Tucumán y Salta. Ahora están tratando de confirmar la visita a una escuela de la comunidad guaraní, ubicada en plena selva misionera; un Plan B sacado de la galera, ya que el destino previsto, el Impenetrable Chaqueño, verdaderamente, se hallaba impenetrable por el aguacero de otoño que acababa de caer.

“Siempre elegimos escuelas rurales que estén lo más alejadas posible. Queremos llegar a los chicos que menos oportunidades tienen de acceder a talleres y materiales de este tipo. Además de ponernos a pintar, compartimos videos y fotos de lo que venimos haciendo. En general, se sorprenden un montón, les fascina y es interesante para ellos ver la diversidad que hay en el mundo. Porque son chicos que están ahí, entre los cerros, en la selva, en la montaña. Viven en contextos difíciles; a veces, tienen que ayudar a los papás y a las mamás a trabajar en el campo, en el cuidado de animales o en las cosechas. Muchos caminan un montonazo para llegar al cole, con frío o con un sol tremendo; hay chicos que duermen en las escuelas-albergue. Cuando les mostramos fotos, advierten que hay modos de vida muy diferentes, pero en otras oportunidades, pese a estar en distintos puntos del globo, las circunstancias son parecidas.”


 

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* * * “Siempre les proponemos que cuenten, a través del dibujo, quiénes son, cómo es el mundo que los rodea. Arman una historia que cuenta algo de su lugar, a esa historia la construimos entre todos, el trabajo es en equipo. Con esos dibujos, después se arman dos libros: uno queda en la escuela y el otro va como regalo a la siguiente escuela. Así se va armando una cadena de regalos, y los chicos se van enterando de costumbres de otros lugares, como por ejemplo: del Carnaval y del diablo, de la Pachamama, de los cazadores del monte, de los pastores, de las mujeres artesanas y cosecheras”, detalla Ivanke.

Los talleres de Pequeños Grandes Mundos nunca se hicieron, todavía, en la ciudad de Buenos Aires. ¿Cuál sería el corazón, la historia relatada por un chico urbano? Ivanke arriesga una respuesta: “Sería complejo porque hay mucha diversidad; es altísimo el contraste entre los chicos de un ámbito rural y los de una ciudad. En la ciudad viven con mucha ansiedad: vamos a dar un taller y enseguida empiezan a preguntar qué van a hacer. Se contagian del ritmo loco de los adultos y muchas veces llegan agotados por todas las actividades que hacen. Eso nos parece triste, no les queda tiempo para jugar, aburrirse y crear algo desde ese aburrimiento. Obviamente, tienen acceso a cosas buenísimas; no nos ponemos en un lugar melancólico de «todo tiempo pasado fue mejor»”.


 

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* * * Durante el viaje, la dinámica es así: cada taller dura una semana y, en el medio, Mey e Ivanke se regalan otros siete días para trasladarse y sentarse a compartir en las redes sociales el trabajo realizado. Subiendo a la Nube, documentan, comunican. Así contagian las ganas de acompañarlos, por lo menos, a través del financiamiento colectivo. En la página http://pequeniosgrandesmundos.org, está todo, incluso las formas de colaborar, y los cuadros y remeras –¡todo hermoso!– para comprar y atesorar.

Ivanke y Mey duermen donde pueden: en un colectivo de larga distancia, en las escuelas, en un colchón prestado en la casa del amigo de un amigo del amigo… (No nos animamos a preguntarle a Ivanke si en algún momento se saca la camiseta de la Selección. ¡Debe de ser su cábala!).

El objetivo de Pequeños Grandes Mundos es poner en juego los sentidos en cada intercambio, incluso el del oído. “Es enriquecedor conocer a chicos de otras culturas y ver qué sienten, acompañarlos a preguntarse quiénes son, qué les gusta, con qué sueñan. Nuestra motivación es contar qué les pasa –admite Ivanke–. Porque los adultos, absorbidos por la vorágine diaria, no siempre nos damos ese tiempo.”


 

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Los chicos dicen

Cada vez que dan un taller, Ivanke y Mey se van llenos de dibujos, cariño y reflexiones. Estas son algunas de las devoluciones que les hicieron sus pequeños alumnos:

“Pintar y dibujar me hace feliz.”

“Cuando dibujo, me siento superpoderoso, porque uno puede ,hacer lo que quiera.”

“Yo dibujo cosas que salen de mi corazón. Mis dibujos son como mis sueños.”

“Podemos dibujar en tronco, en piedras, en palo, en madera, en cemento. En cualquier parte.”


Toda la info para saber cómo ayudar la podés encontrar acá: http://pequeniosgrandesmundos.org.

Por María Mansilla

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